
En el lecho de mi río interior dejó de saltar el agua cantarina. Sus paredes de áspera piedra roja no retumban con los ecos del constante paso del suave flujo. El espacio vacío que fue horadado por el líquido elemento es fruto del largo maridaje con las diminutas partículas de arena que decidieron unirse a la corriente purificadora. Este viaje compartido hacia lo desconocido deja tras de sí un monumento al espíritu recreado a través de las emociones. El aíre que rellena sus concavidades guarda todavía el aroma y el color de los sentimientos que desbordaron su roca madre. La piel del caminante que transita por este útero terrestre conecta con la seguridad que ofrecen las arrugas de tan anciana sabia. La luz cenital confiere a su atmósfera una cualidad sagrada que penetra afilada por las retinas del aventurero que recorre este laberinto monolítico. Hasta la llegada de las próximas lluvias, el silencio roto por la brisa matinal será el relevo que seguirá puliendo los contornos de mi personalidad diamantina. La obra de arte de la naturaleza salvaje le confiere a su presencia un aspecto surrealista que hace de la salida a campo abierto un espectáculo original. Lo exterior adquiere un brillo inusitado gracias a la cálida opacidad de este túnel del amor. Es el juego de los complementarios.